Por Juan Luis Gámez Ortúzar (escrito el 21 de septiembre de 2008)
Muchas veces asisto incrédulo a la lectura o la visión de ciertas crónicas cuando el o la cronista hace mención a la asistencia de “tales” personalidades a una fiesta, sarao, inauguración o evento vario. Y ciertamente, aún desconozco el alcance del término personalidad. Mi primera opción, lógica, es acudir al Diccionario de la Real Academia de la Lengua, que me da su significado concreto al afirmar “persona de relieve, que destaca en una actividad o en un ambiente social”, lo cual me lleva a pensar que muchos de los referidos como “personalidades” no lo son realmente, ni nada que se parezca.
Para mi, sólo tienen el calificativo de personalidad, los miembros de la Casa Real y los del Gobierno (Presidente y Ministros), quienes precisamente ni aparecen por Marbella (y cuando lo hacen, a escondidas, con prisa y sin llevar a cabo al menos una parada de cortesía) Ni siquiera los cargos políticos más cercanos, es decir, los concejales del Ayuntamiento, a mi entender tienen la catalogación de personalidad, aunque según las normas de protocolo, algunos les quieran dar tal distinción. Y mucho menos, algunos que deberían llamarse “personajillos” (porque no llegan a la altura necesaria para ser personaje... ya que éste al menos es una “persona de distinción, calidad o representación en la vida pública”, tal y como lo define, nuevamente, el diccionario de la RAE).
Desde hace tiempo también he detectado la incipiente aparición de otro tipo de celebridades que gastan su tiempo en la constante búsqueda del canapé perdido, se mueven con parsimonia y hasta empujan con tal de salir retratados en las fotos que ilustran cualquier noticia. No destacan en ningún ámbito de la vida, ni han sido galardonados por nada que no sea el “gañote”. Pero lo que más me irrita es que algunos le otorguen la categoría de personalidad a presidentes de confederaciones que agrupan las federaciones de asociaciones de coleccionistas de canicas, a miembros de comisiones de estudio de las fiestas y verbenas locales, por no hablar de los condes, duques o barones que se dejan ver por los saraos, y que dudo que sean de Transilvania, Pensilvania o el malagueño barrio de Huelin...
Las verdaderas personalidades son las que deberían de una vez por todas acudir a nuestra ciudad. ¿O es que no tenemos derecho a la promoción gratuita que otorga la presencia de los Reyes cada verano en Palma? ¿Por qué no se propone una residencia veraniega itinerante para los monarcas y su familia? ¿No ganaríamos todos si cada ciertos años le tocara a Marbella recibir la visita estival real? ¿Cuántos ingresos producirían en la economía local la estancia durante un mes, no sólo de la Casa Real sino del séquito que les acompaña, fuerzas de seguridad, etc.? ¿O es que acaso el último regalo del tejido empresarial mallorquín, en forma de barco, no ha sido sino un detalle por lo realmente proporcionado a la isla? ¿No sería más acorde con el principio de reparto solidario entre todos los españoles? ¿Es que Marbella no dispone de instalaciones de categoría, y que cuentan con las mejores medidas de protección, para que sus Majestades disfruten de esta tierra?
Llamemos a cada cosa con su nombre: a las autoridades políticas como concejales, diputados, senadores, consejeros o ministros; a las eclesiásticas como párrocos, vicarios, obispos, arzobispos o cardenales; a las policiales como agentes, cabos, sargentos o inspectores; pero a los ciudadanos de la calle, como simples vecinos, ya que el grado de personalidad no se le puede dar a cualquiera. Y mucho menos a titiriteros y saltimbanquis, que por desgracia, en Marbella, tenemos unos cuantos.
Muchas veces asisto incrédulo a la lectura o la visión de ciertas crónicas cuando el o la cronista hace mención a la asistencia de “tales” personalidades a una fiesta, sarao, inauguración o evento vario. Y ciertamente, aún desconozco el alcance del término personalidad. Mi primera opción, lógica, es acudir al Diccionario de la Real Academia de la Lengua, que me da su significado concreto al afirmar “persona de relieve, que destaca en una actividad o en un ambiente social”, lo cual me lleva a pensar que muchos de los referidos como “personalidades” no lo son realmente, ni nada que se parezca.
Para mi, sólo tienen el calificativo de personalidad, los miembros de la Casa Real y los del Gobierno (Presidente y Ministros), quienes precisamente ni aparecen por Marbella (y cuando lo hacen, a escondidas, con prisa y sin llevar a cabo al menos una parada de cortesía) Ni siquiera los cargos políticos más cercanos, es decir, los concejales del Ayuntamiento, a mi entender tienen la catalogación de personalidad, aunque según las normas de protocolo, algunos les quieran dar tal distinción. Y mucho menos, algunos que deberían llamarse “personajillos” (porque no llegan a la altura necesaria para ser personaje... ya que éste al menos es una “persona de distinción, calidad o representación en la vida pública”, tal y como lo define, nuevamente, el diccionario de la RAE).
Desde hace tiempo también he detectado la incipiente aparición de otro tipo de celebridades que gastan su tiempo en la constante búsqueda del canapé perdido, se mueven con parsimonia y hasta empujan con tal de salir retratados en las fotos que ilustran cualquier noticia. No destacan en ningún ámbito de la vida, ni han sido galardonados por nada que no sea el “gañote”. Pero lo que más me irrita es que algunos le otorguen la categoría de personalidad a presidentes de confederaciones que agrupan las federaciones de asociaciones de coleccionistas de canicas, a miembros de comisiones de estudio de las fiestas y verbenas locales, por no hablar de los condes, duques o barones que se dejan ver por los saraos, y que dudo que sean de Transilvania, Pensilvania o el malagueño barrio de Huelin...
Las verdaderas personalidades son las que deberían de una vez por todas acudir a nuestra ciudad. ¿O es que no tenemos derecho a la promoción gratuita que otorga la presencia de los Reyes cada verano en Palma? ¿Por qué no se propone una residencia veraniega itinerante para los monarcas y su familia? ¿No ganaríamos todos si cada ciertos años le tocara a Marbella recibir la visita estival real? ¿Cuántos ingresos producirían en la economía local la estancia durante un mes, no sólo de la Casa Real sino del séquito que les acompaña, fuerzas de seguridad, etc.? ¿O es que acaso el último regalo del tejido empresarial mallorquín, en forma de barco, no ha sido sino un detalle por lo realmente proporcionado a la isla? ¿No sería más acorde con el principio de reparto solidario entre todos los españoles? ¿Es que Marbella no dispone de instalaciones de categoría, y que cuentan con las mejores medidas de protección, para que sus Majestades disfruten de esta tierra?
Llamemos a cada cosa con su nombre: a las autoridades políticas como concejales, diputados, senadores, consejeros o ministros; a las eclesiásticas como párrocos, vicarios, obispos, arzobispos o cardenales; a las policiales como agentes, cabos, sargentos o inspectores; pero a los ciudadanos de la calle, como simples vecinos, ya que el grado de personalidad no se le puede dar a cualquiera. Y mucho menos a titiriteros y saltimbanquis, que por desgracia, en Marbella, tenemos unos cuantos.

Reproduccion de Marbella Express 23/09/08
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